GASOLINA, CAFÉ O PERECER EN EL INTENTO

Estimados lectores;

Esta reciente OLA DE CALOR con temperaturas de hasta 43 grados me ha recordado la importancia de prevenir situaciones que pueden acarrearnos importantes problemas, unos sencillos consejos que todos conocemos están al final del artículo.

Mi equipación para estos días suele consistir en chaqueta de cordura de verano, pantalón vaquero con protecciones en rodillas, botas de caña alta, guantes de verano y por supuesto casco integral.

En algunos casos, la situación económica que estamos atravesando nos obliga a prescindir o sustituir ciertas licencias. A ninguno de nosotros pasa desapercibido el incremento del precio de la gasolina, así que cuando reposto siempre digo lo mismo: “Lo siento por el dueño del bar”. Como apasionados de las motos no podemos renunciar de ese excesivamente caro depósito de finde.

Sabemos que el precio de un café o un refresco es similar al de un litro de gasolina y puede que en ocasiones nos veamos obligados a elegir la segunda opción, el fin es la ruta, pero el café es la excusa para descansar y no debemos olvidar cuán importante es.

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En mi anterior rodada de este finde iba con paquete así que incluí un par de refrescos en mi presupuesto, el equivalente a dos litros de gasolina, no debía prescindir de ese necesario gasto ya que después de un periodo máximo de dos horas es obligatorio descansar e hidratarse, más aun si se efectúa conducción deportiva.

Mi siguiente relato cuenta una experiencia personal que considero de interesante lectura y que viene muy al caso sobre el tema de la prevención de accidentes:

UN MAL DÍA

Cambiar de moto es una de las encrucijadas a las que los moteros nos enfrentamos cada cierto tiempo, a los motivos económicos se suman también temas familiares y planteamiento de necesidades así que no siempre es fácil tomar decisiones.

Hace poco más de un año de ejecuté la idea que tanto tiempo me rondaba la cabeza, después de 16 años siendo fiel a mi Yamaha GTS 1000 decidí embarcarme en la adquisición de un modelo actual más acorde a mis preferencias. Debía asumir también la dificultad de venta de la GTS y probablemente me vería obligado a mantener dos motos a la vez.

Después de concretar un modelo para probar, concerté una cita con el propietario y vendedor. Ya llevaba tres días que los nervios del estómago no me dejaban comer, dormir se me hacía muy difícil y padecí incluso pérdida de peso, por decirlo así, eran los nervios los que me mantenían en pie ya que apenas podía asimilar líquidos.

Me costó poco más de 100 kilómetros llegar al punto concretado. Permanecí a la espera y poco después se presentó Jose a lomos esa flamante y preciosa Yamaha MT-01. Parecía un motero de la vieja escuela, vestía un viejo mono gris raspado por todos los sitios y se había terminado las deslizaderas.

Después de las formales presentaciones se iniciaron las primeras conversaciones y pronto me di cuenta que ese motero no iba de farol, le avalaban más de veinte años de conducción de moto y contaba con sobrada experiencia en circuito y supermotard.

Nos fuimos a rodar cada uno con su montura, de esta forma podía mostrarme la agilidad y posibilidades de su moto y así nos librábamos del riesgo que supone dejar una moto a un desconocido. Ambos éramos reticentes a ello porque entraña cierto riesgo.

A la revirada y estrecha ruta, totalmente desconocida para mí, se sumó una buena tormenta de primavera que dificultó la diversión en todo momento. Mantuve el tipo estoicamente detrás de mi compañero que me marcaba las dificultades del asfalto mojado, pero el feeling de mi rueda delantera y el peso de mi GTS no me permitían demasiadas heroicidades. Rodé a mi ritmo, con conocimiento y sin pasar mi margen de seguridad, pero admito que las pasé canutas ya que ante semejante escenario había que sumarle cierto estado de debilidad y falta de sustento en el cuerpo.

Durante el obligado café me dispuse a pedir un poco de azúcar, al apoyarme en la barra mi visión se hizo negra por momentos y un enorme mareo me daba sensaciones de vértigo, debió ser una bajada de tensión o de azúcar. No dije nada al respecto, no podía permitirme perder mi honor y quedar frente a ese experimentado motero como un “niño malcriado”. Me relajé lo posible, terminé mi café esperando que fuera milagroso y reanudamos la ruta mientras intentaba que mi Ángel de la Guarda me mantuviera protegido.

Mantuve el tipo, ni siquiera mi amigo se dio cuenta de mi patético estado. Nos despedimos acordando una futura respuesta y desde aquel día pasó a ser un amigo. Algo más despejado quedaba lo más fácil, aunque resultó no serlo tanto. Regresar a casa.

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El trayecto de vuelta era totalmente por autopista, pensé que después de esa revirada carretera sería pan comido, pero la boca del lobo se encontraba a medio camino en forma de túnel de 1.8 kilómetros de longitud.

Sentí como la falta de iluminación se incrementaba bajo mis gafas de sol, los dos carriles fueron ocupados por enlatados que bloqueaban pausado mi paso. La curva del túnel impedían poder dirigir la mirada a un lejano punto de referencia y lo único que podía ver con claridad eran los próximos y lentos pilotos de los coches.

La limitación a 80 km/h me dio la sensación de estar totalmente parado, una gran sensación de desequilibrio me invadió, como si no fuera capaz de mantener la moto recta. Me asusté, levanté mi pantalla esperando un soplo de aire fresco pero estaba cargado de humo y calor. La enorme longitud del túnel se me hacia interminable, los estrechos arcenes no ofrecían escapatoria. Por un momento pensé en las consecuencias de una caída en mitad de esa apabullante escena y me asusté aun más.

Quería salir de allí pero el lento ritmo de los coches en paralelo me cortaban el paso. Pensé en parar a la derecha del arcén aun siendo consciente del peligro que implicaba, busqué alguna anchura donde detenerme y evitar una caída en marcha que veía insalvable, pero no lo encontraba.

La sensación de ansiedad era cada vez más fuerte, comencé a sudar frio y mi respiración se aceleraba. De pronto vi el final del túnel. Abrí gas entre los enlatados sin importarme nada más que salir de allí y sin pensar en la multa del radar. Conseguí salir de ese negro agujero y todo fue a la normalidad, llegué a casa sano y salvo.

Sigo poniéndome malo cada vez que recuerdo las imágenes que me vinieron a la cabeza al pensar de lo que sería de mí ante una caída en aquel oscuro túnel. He vuelto a pasar unas cuantas veces, nunca he intentado evitarlo pero siempre se me ponen los pelos de punta.

El final de la historia es que no compré la MT y mi amigo Jose conduce ahora una K 1200 R que hace poco cambio por la anterior.

MI PROPÓSITO

Esta es una historia real, mi anonimato me permite contarla pese a darme algo de vergüenza. Pienso que si este relato es capaz de hacer reflexionar a tan solo un compañero y evitar que cometa alguna burrada semejante me sentiré plenamente satisfecho.

CONSEJOS

No sé si soy digno de dar algún consejo ante situaciones parecidas. Supongo que no conducir sin estar en plenas facultades debería ser lo primero. Hidratarse, descansar de vez en cuando, protegerse del sol mediante mangas y pantalones largos, evitar los golpes de calor, beber refrescos azucarados, comer fruta, abrir las ventilaciones del casco, etc…

Atentamente Fran GTS

Saludos en V’sss.

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3 respuestas a GASOLINA, CAFÉ O PERECER EN EL INTENTO

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