LA LEYENDA DE LA CAMPANA PROTECTORA

Hacía como un año y medio del terremoto de Lorca. Al igual que el año pasado en estas señaladas fechas navideñas, el grupo de moteros se habían puesto en marcha para dar sentido al slogan “NINGUN NIÑO SIN REGALO”, y querían volver a demostrar que eran mucho más que una horda de jinetes sobre monturas de acero. Querían volver a demostrar que debajo de sus gastadas prendas de cuero, debajo ese aspecto rudo, y más allá del estruendo de sus escapes, todos los miembros del grupo tenían la intención de sentirse útiles en los momentos más dolorosos de una sociedad resquebrajada por un movimiento de tierra.

Las tragedias se olvidan pronto, y esta vez les costó mucho más trabajo sensibilizar a amigos y allegados para que contribuyera con esos juguetes usados, devaluados, abandonados por el hastío de sus pequeños dueños…

G15P22F1[1]Todavía los más necesitados de la catástrofe se agrupaban en un frio campamento, todas familias desfavorecidas que con la tragedia vieron sus vidas asoladas a la vez que sus casas en dos movimientos sísmicos de tremendas dimensiones. Ahora les llamaban damnificados, algunos tan humildes que quedaban totalmente dependientes de la ayuda humanitaria.

Pero la falta de coraje no sucumbió ante la falta de recursos. Una ingeniosa idea puso manos a la obra al grupo motorizado. Nadie mejor que los viejos moteros para hacer latir en voz alta los enormes bicilíndricos por medio de sus relucientes tubos de escape, y nadie mejor para emplear todo su conocimiento artesano en retorcer y soldar el duro metal en sus domésticos talleres para conseguir adornos bien pulidos y brillantes con los que renacer el brillo en los ojos de los niños desfavorecidos y reconfortar sus propias almas. Solo se pedía a cambio la sonrisa de un pequeño corazón necesitado.
La noche anterior fue agotadora. A pesar de las prisas y nervios de última hora todo estuvo a punto antes de la partida. Los regalos se apretaban envueltos en el cuero de las alforjas. Sabían que esa tarde no harían la ruta usual con la que sentir esa libertad que solo pueden dar las motos.

Un espeso ambiente de melancolía y ansiedad se escondía entre las risas habituales, a veces fingidas para mitigar el dolor ajeno… Por fin el reconfortante petardeo de los motores daba a los moteros esa paz que hoy necesitaban más que nunca. Al unísono los “cloncks” al engranar primera se dejan sonar. Una alineación casi militar envuelta en brillos negro y cromo iniciaba la marcha con más solemnidad de la acostumbrada. Raídos pañuelos y gafas antiguas de piloto de aviación ocultaban los angulosos rostros de los jinetes. Había llegado el momento de partir hacia la versión más solidaria de la navidad, un compromiso que les encantaba.

La llegada al recinto fue majestuosa, no hizo falta más que un par de golpes de gas para que todos los niños, muchos de ellos llenos de alegría al recordar los regalos del año anterior, salieran alocados para recibir a esos representantes de los Reyes Magos que desfilaban en imponentes caballos mecánicos. El ruido atronador se ahogaba al apagar los motores, entonces se podía escuchar el revuelo de expectación de los niños, los más pequeños apaciguados por sus padres no menos impresionados ante la belleza de las monturas.

Las sonrisas se dibujaban en las caras con una mezcla de asombro e incredulidad… ¿De verdad son los Reyes Magos, papá?…. No hijo, son sus emisarios… los que se encargan ayudarles a repartir los regalos a los niños…Respondían los padres ante la presencia de esas figuras de negro que descendían de la moto dejando una colección de piezas clásicas digna de las mejores exposiciones.

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Ni siquiera ese aspecto con pinceladas siniestras intimidó a los niños que se abrazaban a los moteros dejándose seducir por los obsequios repartidos, algunos hasta se atrevían a dar tirones de esas largas barbas y salían corriendo a jugar con los humildes regalos. Otros sentados a la mesa recuperaban fuerzas ante una taza de chocolate caliente preparado en su honor. Pero quedaba un regalo especial para un niño especial.

Trueno, que así era llamado en el grupo por el atronador sonido de sus escapes, volvió a su moto para entregar esa simbólica campana que había hecho con sus manos para entregar a Iraila, esa niña que el año anterior le confesó pasar miedo por las noches… seguro que colgada en su cama el tintineo le daría tranquilidad… Rebuscó en el fondo de la alforja pero no estaba allí, con las prisas había quedado en su garaje. Ni se lo pensó, a pesar de estar cubierto por el manto de la noche decidió volver por su campana. Subió a lomos de su Triumph Thunder y en poco más de una hora de trayecto estaría de vuelta en el campamento de Lorca.

Allí estaba la campana, envuelta en plástico y cartón, junto a un par de pequeñas campanitas que quedaron sin pulir porque casi ni resonaban. Sin siquiera apagar el motor colocó el paquete en su alforja e inició su viaje de vuelta al campamento. El ambiente comenzó a ser gélido y a tan solo 20 kms de su destino una densa niebla surgió de la nada, el foco de su moto apenas conseguía abrirse paso y el estruendo emanado por sus escapes artesanales quedaba amortiguado por el espeso ambiente… pero no podía parar, solo podía relajar la marcha aunque tardara un poco más, debía entregar su regalo especial.

La carretera se cerraba poco a poco y la humedad del asfalto le obligaba a conducir con suavidad, apenas podía guiarse por la línea blanca del arcén, pero debía continuar, debía pasar ese banco de niebla y terminar su propósito, quería entregar su campana a Iraila. Pronto el asfalto comenzó a estrecharse, las curvas se sucedían una con otra y la pendiente se hacía más difícil. Comprendió que se había perdido, no era el camino correcto sino una carretera secundaria que ascendía hacia la sierra. Entonces su corazón agitó el ritmo ante la premura de llegar a tiempo.

Una rama en el camino hizo perder la rueda delantera, la derrapada le sacó de la vía y le hizo deslizar unos metros más allá del arcén. El motor de su Triumph se paró y todo quedó en silencio, por suerte no tenía más que magulladuras… el gastado cuero de protección había cumplido de sobras y ni siquiera la moto parecía mal parada. Respiró muy hondo, se levantó con cuidado… todo estaba bien, todo quedaba en un susto. Levantó la moto con mucho esfuerzo, puso la pata de cabra, encendió su mechero y comprobó un par de raspones, nada de gravedad. Accionó el botón de arranque… no había respuesta del motor, mal asunto…pensó.

En las tinieblas multitud de sombras comenzaron a moverse, un jadeo alarmante puso a Trueno en alerta, una jauría de lobos había sido atraída por el estruendo de la caída. La presencia del viejo motero impacientaba a los animales que se sentían intimidados, aullidos, gruñidos y afilados dientes mostraban su instinto de caza más salvaje…

Se veía rodeado, el lobo más grande, ese que llaman el macho alfa, se acercaba con paso firme hacia el jinete, y en imitación los demás miembros de la manada. Trueno no tenía amparo donde protegerse pero no estaba dispuesto a dejarse vencer fácilmente, se enfrentaría a lo que fuera mientras su moto le cubría la espalda. Recordó que el duro metal de la campana bien podía servirle, cogió el brillante regalo por su mango agitándolo como si de una espada se tratara, ni siquiera se dio cuenta de su campaneo.

El agudo sonido emitido por la campana aturdía ligeramente los finos oídos de los cánidos. Sacudió una y otra vez el instrumento de forma amenazante, y el sonido se propagaba con un tímido eco entre los valles de la silenciosa sierra.

A medio kilómetro de distancia un par de moteros que descansaban de su ruta a la espera de que levantara la niebla se sintieron atraídos por los potentes sonidos de alarma de la campana. Se dirigieron por la carretera ascendente y revirada y descubrieron entre la penumbra al viejo motero junto a su moto rodeado por el grupo de fieras. Una ensordecedora aceleración dirigió las motos hacia los animales, protegiendo como un ruidoso ejército el extenuado cuerpo de Trueno.

Es en estas ocasiones donde la llamada camaradería y fraternidad entre compañeros fortalecieron el valor de los tres moteros, que permanecieron juntos hasta que los lobos desistieron de su emboscada y desaparecieron en la noche.Poco después los improvisados rescatadores llevaron a Trueno a su destino, que pudo cumplir la promesa de entregar la campana salvadora a Iraila la Noche de Reyes.

No es posible valorar tal muestra de valentía y compañerismo. Pero Trueno como simbólico agradecimiento colgó con una correa de cuero cada una de esas pequeñas campanas en la estribera de las motos de sus moteros salvadores. Les dijo: “Con esas campanas colocadas en vuestras motos estaréis protegidos contra los “PELIGROS DEL CAMINO”, siempre que estéis en un apuro debéis hacer sonar la campana y un compañero motorista vendrá en vuestra ayuda”.

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-Así que cuando veas a un motorista con una campana cogida a su moto ya sabes que lo han bendecido con una de las cosas más importante de la vida:

“La amistad de un motorista compañero de ruta”.

 … FIN …

NOTA ACLARATORIA: Este relato es una adaptación de “La leyenda de la campana protectora”, habitual en grupos custom.

La leyenda cuenta que no debe ser comprada por su propietario, sino que es tradición adquirirla para regalarla a otro amigo motero. Ni el estilo del motero, ni la marca de la moto tienen relevancia.

Atentamente Fran GTS.

Saludos en V’sss.

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